#MemoryCard: Metal Gear Solid

La revolución en dos CDs

Texto por Fede Lo Giudice @okelfo
Edición por Natalí Toiw


⏩ Tras años de colaboración y trabajo conjunto, Hideo Kojima y sus ex patrones de Konami terminaron su relación profesional de la peor forma. A pesar del triste hecho, Kojima tiene un increíble futuro por delante, pero es buena idea mirar una última vez al pasado y recordar su producción más emblemática: el primer Metal Gear Solid.

Cuando Metal Gear Solid apareció en el mercado en 1998 para la PlayStation original, el mundo era diferente. No existía internet para ver trailers y gameplay, y las revistas demoraban hasta un mes completo para comentarte qué onda un título nuevo. Así llegó una nueva entrada de una serie de la época de los ocho bits que casi nadie recordaba (Metal Gear y Metal Gear 2 eran los juegos anteriores, ambos para la consola MSX) con una portada valiente, completamente en blanco, que sólo leía “Tactical Espionage Action: Metal Gear Solid”, y con eso intentaba convencerte de que lo compraras. Si alguno se jugó y compró este game el día de su lanzamiento- sin saber de qué se trataba- cuando llegó a su casa y puso el disco en la consola, literalmente se debe haber comido una bomba nuclear.

Metal Gear Solid arranca con cámaras cinemáticas y una ópera. Quizás esto hoy no sea algo fuera de lo común, pero estamos hablando del año 1998, cuando los únicos juegos con énfasis en narración y clima podían ser alguno que otro RPG o survival horror, con suerte. De repente, acá estaba un game que tiraba una premisa: “Sos un agente del gobierno, vas a infiltrar una base, rescatar a dos personas y desarmar una bomba atómica”, pero que contra todo concepto se cagaba espectacularmente en todas las expectativas que esta trama te pudiera generar.


En la primer hora, el jugador lograba infiltrarse en la base de Shadow Moses y encontrar a Donald Anderson (uno de los dos prisioneros) sólo para verlo morir inmediatamente y sin razón aparente de un ataque cardíaco. Eso no suele pasar en un videojuego.

Este título de Konami era rebelde, subversivo y fundamentalmente diferente a cualquier otro juego del mercado. “A quién le importa la historia, dame buen gameplay”, podía clamar con derecho algún gamer, pero el creador de la saga, Hideo Kojima, y su equipo no lo veían así. La historia es un aspecto fundamental de este título, y jugar salteando las cinemáticas como se puede hacer con tantos otros títulos no es sólo un despropósito, sino pasar por alto lo que hace que este game sea legendario.

Metal Gear Solid tiene una premisa simple (de nuevo, llegar al final del juego y evitar que tiren la bomba nuclear), bien de jueguito, pero la diferencia es que Metal Gear Solid lo sabe, sabe que el jugador lo sabe, y a partir de esto genera escenarios y secuencias que son, por un lado, totalmente impredecibles, y por el otro tienen un increíble impacto emocional que deja al jugador pensando en lo que acaba de vivir con cada secuencia.


Metal Gear Solid arranca como un juego relativamente realista –hay chabones raros y excéntricos, que hablan con acentos graciosos, y acrónimos militares, pero las armas son realistas, la tecnología ligeramente futurista pero creíble, y los bosses no son del todo raros: un viejo de acento ruso con una revolver, o un chabón en un tanque (que por cierto, habla con los cuervos). Y sin embargo, de la nada se pone tétrico y esquizoide. En un momento Solid Snake -el protagonista de la saga- llega a un pasillo largo, lleno de cadáveres, donde no hay música, y con todo el suspenso y la tensión del mundo, avanza lentamente. Aparecen tipos flotando en el aire, y Snake dice estar teniendo alucinaciones. Tanto el jugador como Snake empiezan a cuestionar todo. El juego se pierde en su propia mitología, y tira ideas que harían a cualquier persona coherente decir “cualquiera”, como mínimo, pero a los personajes de este universo no les parece fuera del rango de la posibilidad.

Esto es aún peor cuando los personajes rompen la cuarta pared como si fuera lo más normal del mundo, demostrando que saben que están en un videojuego –pero siempre sin perder la seriedad ni tomárselo en joda. “Cuando quieras hablar conmigo, tocá select”, dice el Coronel Campbell en un momento, mientras que más tarde te recomiendan mirar la parte de atrás de la caja del CD para ver en qué frecuencia te podés comunicar con Meryl, otra agente infiltrada en el complejo. Esto no es algo gracioso como Deadpool o Paper Mario, donde los personajes miran a la cámara y se ríen en complicidad con el jugador: Esto es bien en serio.


Sin embargo, si hablamos de romper la cuarta pared, es cuando el juego llega a la mitad que los creadores se vuelven completamente locos, y presentan al jugador con Psycho Mantis, un boss con poderes psíquicos que puede anticipar todos tus movimientos. Si tu memory card tiene alguna partida guardada del clásico Symphony of the Night, Mantis lo comenta. Cuando la pelea empieza, el hardware de la consola lee los comandos que ponés en tu joystick y se anticipa para que no puedas tocar al enemigo: Literalmente está leyendo la mente y costará muchísimo ganarle. Sin embargo, si comentas la situación con el equipo de soporte vía códec, eventualmente te terminan diciendo que te levantes y pongas tu DualShock en el puerto 2 de tu PlayStation– y ahí Psycho Mantis deja de anticiparse a cada movimiento y se convierte en un boss (un toque) más tradicional. El jugador tiene que pararse del sillón y cambiar el control; no Snake, el jugador.

Llegando al final del juego, Snake se sorprende al descubrir que todo este tiempo fue manipulado por fuerzas desconocidas e invisibles (¿como el jugador?) mientras que el antagonista, Liquid Snake, dice estar luchando para romper ese control y vivir su vida como él elija. Todo esto 14 años antes de que Spec-Ops: The Line se convirtiera en juego de culto gracias a que sus personajes te recriminan que estabas matando por placer (tal como lo hace Liquid es este título) y cuando escuchar la voz de un actor era una novedad.


Metal Gear Solid destaca por sus cutscenes, y toda la historia se nos cuenta a través de estas secuencias o charlas de códec. En oposición a entradas posteriores de la saga, estas siempre están hechas para contextualizar lo que va a pasar a continuación y por eso es más fácil digerirlas –todo es inmediato. Al igual que el RPG tradicional japonés noventoso, no es un método elegante de contar historias, pero es sorprendentemente efectivo y te deja bien en claro cómo son las personalidades de estos personajes, qué hacen y por qué lo hacen. Todos estos elementos conforman un relato esquizofrénico, bien pos-moderno, que está tan consciente de su rol como videojuego que hace que lo puedas jugar incluso hoy y disfrutarlo.

Para bien o para mal, Metal Gear Solid es uno de esos títulos que cambió para siempre la industria, siendo la punta de lanza del juego moderno más cinemático, con énfasis en la historia y uno de los primeros en hacerlo bien. El gameplay no envejeció del todo bien (Como la escena de la sección de la escalera, donde los enemigos persiguen a Snake y este no puede disparar ni hacía arriba o abajo) pero la forma de pensar el juego era tan revolucionaria que aún hoy en día no existe nada que se le parezca ni genere las emociones que este título supiera generar. La energía creativa que pusieron sus desarrolladores y el modo que rompe las expectativas a la hora de pensar cada parte de un todo complejo único es lo que terminó configurando a Metal Gear Solid como una auténtica obra maestra.
Ahora que ya conocés de qué va este clásico, es tu oportunidad para revivirlo o jugarlo por primera vez.

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